libertad transpersonal

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La mayoría de nosotros buscamos “algo”, algo más. Incluso aunque tengamos y hayamos conseguido todo lo que queríamos y necesitábamos, es como que algo nos falta.

Y por mucho que lo deseamos, por mucho que lo ignoremos, es como una sensación, una pequeña llama que no consigue apagarse.

Aunque queramos perseguir ese algo, pocas veces sabemos cómo, de qué manera ni por dónde buscar.

O sí lo sabemos aunque no queremos verlo de alguna manera. Porque seguramente, en alguna intensidad más o menos reconocida, tenemos un cierto miedo.

El miedo nos viene de muy atrás. De la dependencia.

En alguna forma nuestra defendida seguridad, depende siempre de algo.

Sin esa dependencia estaríamos seguros. Seguros de que lo que estaría por venir, aquello que nos acercaría, que nos llevaría hacia ese algo, sería para “bien”. Y por tanto estaría bien para nosotros que así fuera. Y de esta forma, el miedo se desvanece.

Esa dependencia empieza dentro del útero de nuestra madre. Allí es claramente evidente que dependemos de ella, nuestra supervivencia depende de que ella nos “cuide”.

En los primeros meses, la supervivencia depende de nuestros padres, familiares y/o personas que se hacen cargo de nosotros. Necesitamos sus cuidados, su protección, su amor…

En alguna forma continúa siendo así durante los primeros años de vida, en la infancia. Y es en la adolescencia cuando un niño o niña, empiezan a ser un hombre o una mujer. Cosa que debería incluir la capacidad de cuidarse, protegerse e incluso darse amor a uno mismo sin ningún tipo de dependencia.

La realidad es que pocas veces sucede así. Por nuestras experiencias y educación llegamos a la edad donde nos preparamos para ser mujeres u hombres con casi nada resuelto, así que nos empiezan a sobrevenir las responsabilidades, e incluso las buscamos, sin estar realmente preparados para ellas. Aún más, conseguimos esas responsabilidades con ayuda (exigida o no), con necesidades, con dependencia de otras personas.

Y aunque muchos tengamos un cargo de responsabilidad en una empresa, aunque seamos padres, gran parte de nuestra forma de actuar y decisiones que tomamos están basadas e incluso determinadas y condicionadas por unas emociones antiguas no resueltas. Por eso, habitualmente, reaccionamos de forma infantil. Por tanto la mayoría no somos adultos en su totalidad.

Pues ser adulto significa ser autónomo e independiente por sí mismo. A partir de aquí podemos tener, recibir y pedir toda la ayuda que queramos, aunque sin depender de ella, sin ser dependientes.

En muchas relaciones de pareja buscamos el amor dependiente, con necesidades y exigencias. Aceptamos el amor con miedo. Y eso, parece que no es Amor realmente. Pues el Amor real, el Amor incondicional, no retiene, libera.

También nos hacemos dependientes de un trabajo concreto, que nos permite tener una economía para poder comer, vestirnos, es decir, para sobrevivir.

Y mientras busquemos sobrevivir vamos a estar en el miedo y por tanto vamos a depender de mantener ese trabajo nos guste o no y mantener todo aquello que nos “protege”, la casa, la ropa, la comida…

Es evidente que hablo de cosas básicas para la vida y que es importante tenerlas resueltas pues eso nos permite ser autónomos e independientes. La diferencia está en cómo las hemos buscado, bajo qué parámetros “miedosos” y en qué forma lo mantenemos. En el miedo a perderlo.

El miedo a perder. O el reverso del Amor.

Si pierdes, te faltan cosas y por tanto tu supervivencia está en peligro, puedes…. Morir (?).

Puede que esa llama que no se extingue nunca y que está en nuestro interior, aquella que nos hace buscar ese algo, tenga que ver con ese Amor incondicional, auténtico y puro, ese Amor confundido con el “te quiero” (posesión, no perder) en lugar de expresarse como el “te Amo” (liberación, siempre lo he tenido).

Lo he tenido porque eso soy Yo, esa esencia amorosa que no se apaga y que por mucho que esté olvidada, ahogada, ignorada… siempre da ese punto de luz, de calidez, que hace que sepamos que está allí y que puede crecer.

Tal vez esa posibilidad de que crezca sea ese algo que buscamos. Y como no sabemos que ya está en nosotros puede que lo busquemos insistentemente en otras personas, normalmente en una única persona.

Sería revolucionario pensar por un momento que es posible que no sólo esté en una persona sino que todos tengamos esa parte, ese algo. Y si así es, parece que ya no estamos solos. Se multiplica la posibilidad de ser, de tener, pues si todos somos y tenemos, si cada uno de nosotros avivamos esa llama propia, hará que los demás reconozcan ese algo que buscaban y sepan que ya lo han encontrado, que está en ellos. Y que la forma de hacerlo crecer es compartirlo, compartir cada peculiaridad y detalle de la llama de cada uno con su singularidad. De esta manera, esa llama ya no es pequeña porque ya no es una sola, sino muchas que hacen Una.

Siendo así, desaparece el miedo a perder, la necesidad de tener y conseguir, la necesidad de depender, a que nuestra supervivencia sufra la amenaza de la pérdida y nos lleve a la muerte.

Y justo allí está el mayor freno, el mayor miedo. El miedo a morir, la gran pérdida. Puesto que supone la pérdida del yo, de la personalidad.

Esa llama, esa parte de nosotros que está más allá de nuestros pensamientos mentales es algo que todos podemos reconocer en alguna forma. Es una conciencia, un saber, un estar.

Un estado donde no hay miedo ni peligro, donde no hay muerte sino transformación.

Y si todo es energía tal y como se ha demostrado científicamente, debemos tener en cuenta una de las principales propiedades de la energía: no se destruye (muere), se transforma.

La transformación te lleva a un estado de crecimiento pues te permite abandonar lo antiguo que te frena. O mejor, más que abandonar, decir: “Gracias, me ha servido. Ahora lo prefiero diferente, más fácil, más agradable”. Es decir, asentir a ello.

Es cierto que para llegar a ese punto en que podemos dejar aquello que nos frenaba, se requiere una capacidad y probablemente una ayuda externas. Porque justo aquello que nos frena es lo que nos impide ayudarnos a nosotros mismos por nuestra cuenta.

Esos cuidados para crecer, que nos llegaron en mayor o menor calidad cuando éramos pequeños, son los mismos que a menudo buscamos en la pareja. Y si además se hace desde la exigencia y el miedo que arrastramos desde nuestra niñez, nos relacionamos desde un estado infantil inconsciente.

Si los miembros de una pareja llegan a ella o consiguen cambiar, transformarse dentro de la relación en adultos autónomos e independientes, si cada uno de ellos ha resuelto sus necesidades emocionales correspondientes al pasado, la relación es o se transforma en un espacio libre y permite un crecimiento y aprendizaje de una calidad y nivel mucho mayor.

Esperar y/o exigir a la pareja ayuda para resolver nuestras emociones antiguas es un peso demasiado grande que convierte la relación en una dependencia que tiene que ver más con la de nuestra infancia. Es por eso que ese tipo de ayuda debe venir de una persona externa, desapegada, con método, capaz de mantener la relación de ayuda en un ámbito adecuado y neutro sin implicarse emocionalmente, preferiblemente un terapeuta profesional. Es importante que sepa mantener la relación, el vínculo con el ayudado, sin proyecciones, transferencias ni dependencias. Es decir, sin ocupar el lugar de un padre, madre o pareja. Así se consigue una ayuda de calidad que permite el crecimiento y el aprendizaje necesarios para ser adulto, no depender y por fin poderse acercar a los demás sin miedo, sino con Amor.

Así que a través de una pareja o sin ella, la Vida nos pide la muerte o transformación del yo creado desde la personalidad condicionada por nuestras experiencias y educación para descubrir un Yo más allá de la personalidad. Un Yo Transpersonal que tiene una luz y calidez propias y que brilla más cuanto más se abre a otras luces.

Si todos compartimos, todos tenemos. Si todos brillamos hay más Luz y menos oscuridad.

Y todo Es.

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